Kathmandu

Soñar es según la Real Academia Española anhelar persistentemente algo. Fue para mí durante años un anhelo persistente el vivir en Nepal. Mi deseo por vivir en Nepal se remota cuando era estudiante de arquitectura y descubrí que la vida no sería la misma. El estrés, el nivel de exigencia y la competitividad generó en mi un agotamiento extremo que con el tiempo se convirtió en un asunto cotidiano y con las entregas llegaba a confundir con una obligación, seguida de un cuasi placer. En medio de euforia y continuas discusiones académicas, un estudiante de arquitectura necesita encontrar la manera de sobrevivir a una lucha cuyos resultados llenan de pasión el alma pero cuyo proceso se siente como un camino directo al averno. Mi manera fue la combinación de la meditación y el Yoga, razón principal por la que fije toda mi atención en querer vivir en remoto Nepal. Después de la felicidad inmensa de graduarme, vino el no tan anhelado y temeroso desempleo, que trajo consigo un desespero intenso por no saber que hacer con la vida, multiples entrevistas de trabajos que uno no quiere tomar y una avalancha de hojas de vida a cualquier opción de empleo para arquitectos. Fui afortunada de no conseguir empleo tan rápido como la mayoría de mis compañeros y digo afortunada porque en mi búsqueda desesperada llené aplicaciones por doquier en todos los lugares del mundo. Fue así como llegó una oportunidad laboral que simplemente cambió mi vida.

Mi primer trabajo estuvo localizado en Kathmandu y las zonas boscosas del oriente nepali, como arquitecta para procesos participativos con comunidades indigenas. No contaba con que cumplir mi sueño significaría vivir durante meses sin agua corriente, con una gran emoción de llegar a casa y encontrar que la electricidad funcionaba, bañarse con un balde y una totuma y usar la misma agua para lavar la ropa y bajar el sanitario.

Vivir en Kathmandu, la zona más desarrollada de Nepal implicó además de no tener ningún confort en casa, no tener alumbrado público, no saber que eran andenes o semáforos, avenidas o parques. Aprender a convivir en una cultura donde la privacidad no es una asunto importante, donde las personas se bañan, cocinan y lavan en espacios públicos sagrados y donde la razón principal del tráfico vehicular no es la falta de un sistema optimo sino la presencia de una vaca sagrada que decidió acostarse en medio de la calle. Mi primer trabajo no duró tanto como lo tenía planeado, pero fue el emprendimiento la razón principal para crear mi verdadera historia en Nepal. Así nació Parkmandu, un proyecto que buscaba construir parques en una ciudad donde dos millones de habitantes tienen dos parques, uno que nunca se terminó de construir y otro con un costo de entrada. Parkmandu eramos Walter y yo.

Él, diseñador italiano con años de experiencia laboral en países en desarrollo y yo con la experiencia que había adquirido en Colombia al ser voluntaria en una fundación. Los dos muy seguros de querer contribuir a una ciudad que bautizamos el paraíso polvoriento, pero sin idea alguna de cómo construir parques. Empezamos a pensar en utilizar las zonas llenas de basuras y convertirlas en parques de bolsillo, una teoría urbanística que se desconocía por completo en Nepal. Hicimos talleres en universidades, hablamos con arquitectos, con facultades de arquitectura e ingeniería y durante un par de meses no recibimos más que algunos buenos deseos, risas inconmensurables y dudas gigantes que nos advertían que no llegaríamos a ningún lado.

 

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En alguno de esos intentos conocimos a un líder de una comunidad que estaba a dos días de entregarle al gobierno un plan para un parque comunal. Ellos no tenían ninguna ayuda de diseño, ni presupuesto, pero al escuchar nuestra idea se interesaron en incluirnos en su proyecto. Luego de un día de talleres con la comunidad y un día de diseño y elaboración de planos para la oficina gubernamental, aprobaron nuestro primer parque de bolsillo. Siempre recordaremos que esa es la manera nepali, sin planes ni itinerarios. La comunidad del barrio contiguo se interesó mucho por el cambio del lugar que paso de una zona polvorienta a un parque con color y participación ciudadana. Nos pidieron ser parte de la renovación de un “parque” cuatro o cinco veces más grande que el anterior, donde solían estar las gallinas porque nadie lo sentía como un espacio de todos.

Golfutar park fue un diseño de comunidad que nos llego al alma. Además de hacer rituales religiosos para conseguir un presupuesto, de concertar reuniones con los fundadores del parque, de discutir diseños y planes, de una campaña de crow-funding, la comunidad de Golfutar ha iniciado la construcción del primer espacio con accesibilidad a discapacitados en toda la ciudad. El Himalayan times escribió un artículo sobre Parkmandu como el proyecto innovador que estaba cambiando la cara de la ciudad. Entonces la comunidad del bosque Ranibari nos permitió convertir su espacio en un aula de clases para los colegios.

 

Ranibari fue nuestra sede para llevar a cabo workshops sobre el bambú y sus propiedades.

Construimos casas para pájaros, entendimos la importancia de la naturaleza en una ciudad altamente contaminada y logramos construir mobiliario para las situaciones que sucedían a diario dentro del bosque. De manera simultánea tuvimos la fortuna de crear un parque de bolsillo en una escuela pública al sur del país.

Chitiwan fue la aldea donde junto a 27 alumnos y un cuerpo de docentes y directivos, en tres días, convertimos un espacio abandonado en el primer parque de toda la aldea. Proyecto que generó que el gobierno local empezará a crear un plan urbanístico para la creación de espacios públicos. Así fue como un año en Nepal, fue además de una primera experiencia laboral fuera del país, un sueño hecho realidad. Walter y yo junto a cientos de personas, fuimos constructores de sueños, arquitectos y diseñadores de ideas que cambiaron las vidas de muchos incluyéndonos a nosotros, y aprendí personalmente que tanto talante exigido en las aulas de clase es sólo un entrenamiento a la vida real.

 

Marcela Torres